O SOLAR DA DOMA CLÁSICA


Viajamos al siglo XVI, donde se construyó una torre de vigilancia durante las guerras y, finalmente, en los siglos XVII y XVIII, se acabó de construir el resto del complejo, formando una casa patrimonial donde una familia noble se alojó durante generaciones.

María era la propietaria del lugar. Trabajaba junto a su marido en la agricultura y tenían un espacio para fabricar vino. Su sueño era disponer de un espacio para la celebración de bodas. Ya disponían de una capilla privada y se las ingenió posteriormente para convertir el lugar donde fabricaban vino en un comedor para los banquetes.

También tenían una finca enorme que utilizaban para las fotos de boda y para oficiar ceremonias por el Juzgado.

Pedro, su marido, era historiador y un hombre de negocios con mucha riqueza, pero lamentablemente falleció emigrado en San Paulo en 1986, dejando a María desamparada. Su hija Teresa vivía desde hacía años en Estados Unidos, por lo que la propietaria decidió abandonar su legado cerca del 2005 e irse a vivir a Texas. La única información que pude encontrar, es que falleció en el 2017.

Hace un par de años, decidimos aventurarnos a explorar este gran solar. David y yo nos perdimos por la finca y los juncos, intentando encontrar la entrada entre la maleza y, después de un largo tiempo, lo conseguimos alucinando con las grandes proporciones del lugar.

Un año después, regresé con Virtu y Sande al anochecer para comprobar qué tal se conservaba. De nuevo, volvimos a perdernos entre la maleza y el pobre Sande tuvo que pelearse con unas silvas endemoniadas.





La primera sala que pudimos visitar fue el salón principal, donde una armadura dorada del siglo XIX nos daba la bienvenida. Lamentablemente, no era real; la utilizaban para desfiles, pero aun así, era curiosa de ver. Le faltaba la cabeza.

En el techo, descubrimos el escudo familiar esculpido en la madera, con un claro relieve.

Las paredes estaban repletas de pinturas al óleo, lo que le aportaba una oscuridad muy característica. Debías acercarte bien a los cuadros para conseguir distinguir las siluetas. Algunos, con el paso del tiempo, estaban sufriendo degradación del color o desgaste.

Los muebles parecían hechos a mano y la mayoría estaban trabajados con cuero.



















Pasando a la siguiente sala, se escondía un pequeño baño y, al lado, el despacho de Pedro. Estaba repleto de libros de historia, economía, sociología, filosofía, psicología y algún clásico.

Sobre un baúl lleno de trajes eclesiásticos, sobre todo sotanas, se hallaba un cuadro que representaba el árbol genealógico de todas las generaciones que pasaron por el solar. Aun así, es muy probable que viviesen más familiares en la vivienda, dadas las dimensiones de la quinta y las múltiples fotos fraternales.

María tenía seis hijos, María Inácia, Luis, Maria Teresa, Gilherme, Ana y María Rita. Pude encontrar una foto familiar antigua de 1975. 


Imagen extraída de Geni





















Desde allí, había un pequeño ventanal con unas contras donde tenías plena visión hacia la capilla.





Continuamos explorando y llegamos al salón principal. Contaba con una mesa de juegos que aún conservaba en su interior las cartas y el dominó. Y lo más importante, un piano que coronaba la sala. Se trataba de un piano cuadrado del siglo XIX. Se caracteriza por tener las cuerdas dispuestas en diagonal y el teclado en el lado más largo. Incluso cerrado, es un objeto de decoración muy elegante.

Enfrente, había una chimenea con los sofás dispuestos alrededor y unos perros de porcelana como decoración justo en el centro. Finalmente, la vajilla antigua y otra mesa de reunión con fotografías de boda encima, completaban la sala.

Aquí comenzamos a visualizar las cortinas que decoraban toda la vivienda. Seguramente simbolizaban escudos de la familia.

























Subiendo las escaleras, llegamos a la torre. Allí se encontraba el dormitorio principal, con una chimenea, su propio baño y un pequeño rincón para tomar el café, como habíamos visto en el despacho.










Siguiendo por el pasillo, te encontrabas con las dependencias. La primera de ellas constaba de una única cama, con pocos objetos personales. La segunda tenía dos camas individuales y un tocador en frente de las mismas, repleto de utensilios de higiene y belleza. Y la última era similar a la anterior, pero constaba de su propio baño privado. Curiosamente, en todos los baños se encontraba un gato de porcelana como adorno.


















Bajamos las escaleras y llegamos a la cocina. Sinceramente, era muy oscura y lúgubre. Para mí, que soy muy fan de las cocinas, fue de las que menos me llamó la atención. Aun así, encontramos un aparato de cine antiguo muy curioso en una esquina.







Al lado, estaba el comedor principal que, por los techos con vigas de madera y la buena conservación en comparación con el piso superior, parecía una reforma posterior. Estaba repleto de jarrones decorativos y de más cuadros al óleo.

Al fondo, se encontraba el almacén, con herramientas de trabajo, trastos viejos y, para nuestra sorpresa, una moto y bicicletas.











Finalmente, estaba el salón, con otra chimenea y una mesa redonda en el centro, donde encontramos un par de álbumes con fotos de los familiares en el solar. También había un armario repleto de juegos de mesa para los niños.









La penúltima estancia era un dormitorio con una pequeña cama, donde se encontraba un tocadiscos moderno camuflado entre decoración de animales. La última estancia parecía un cubículo para pasar el rato, dibujar o coser.








Saliendo de la vivienda, nos dirigimos a la capilla. Un manto rojo la resguardaba de la vista de los más curiosos. Alrededor de la misma, encontrábamos una serie de cuadros que describían cronológicamente la crucifixión de Cristo. En el centro, los santos protegían un libro bíblico enorme. Seguramente, utilizado para la celebración de las misas.












Salimos al exterior y decidimos visitar una pequeña dependencia que nos sorprendió un montón. Parecía la vivienda de los sirvientes. Se componía de dos habitaciones, un salón repleto de trofeos de hípica y fotos de caballos, una cocina completamente sumida en la naturaleza y un despacho en la planta superior.

En mi cabeza, empezó a dibujarse la idea de que uno de los hijos, era un fiel amante de la doma clásica y que aquel altar repleto de trofeos era una silueta de los logros que había conseguido a base de esfuerzo y perseverancia.

Como siempre, hablo desde la ignorancia.
















Visitamos el último espacio, que consistía en el comedor de las bodas. Allí aún quedaban las mesas redondas dispuestas para el siguiente banquete que nunca llegó a celebrarse y, cómo no, una cabeza de ciervo que se despedía de nosotros, deseándonos suerte en el regreso con las silvas.








Es una pena que estos lugares tan increíbles terminen olvidados en el tiempo, siendo punto de mira entre saqueadores, ladrones y vándalos. Dudo que le quede mucho futuro a este gran solar.

Solo nos queda disfrutar de su historia y de sus rincones una última vez.




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