LA CASA DE LOS ENTREGADOS
Un lugar apartado de los ojos de los curiosos, donde los extraños no son santos de su devoción.
Allí yace la Casa de los Entregados, una humilde vivienda abandonada en el tiempo que aguarda su próximo destino.
El pueblo apenas contenía una hamaca, un par de árboles y unas cervezas esparcidas por el suelo, frutos de su decadencia y soledad.
Los jueves se reunían los gloriosos para festejar su unión y llenar sus vientres.
La caridad del lugar se centraba en una única persona, que otorgaba bellas sonrisas incluso a los desconocidos, fascinada por ver nuevas caras inocentes y completamente perdidas.
Llegaron a la casa de los entregados con el corazón en la mano y danzando. No esperaban que sus puertas los marcaran para siempre.
Para acceder, su cerca los lastimó como una rosa con espinas, advirtiéndolos del peligro inminente, aunque las señales externas eran indiferentes.
Una pequeña despensa llena de polvo les saludó, como si fuesen los primeros en mucho tiempo que transcurrían por aquellos suelos de cemento.
El lugar tenía una luz propia que enternecía el ambiente de júbilo y deseo por conocer su historia.
Aunque no era su primera vez, el Sol, nunca había sentido aquella presión en el pecho que le dejaba sin aliento.
Transcurría de una habitación a otra esperando que su corazón se calmase para volver a su paz interior y regresar a la burbuja que le envolvía.
A su pesar, como una polilla atraída por la luz, la Luna no paraba de moverse por el habitáculo, grabando cada pequeño rincón de la casa en su memoria.
Hasta que por fin, ambos se volvimos a encontrar, ante un duelo de miradas, una batalla de gustos y un sarcasmo risueño que los caracterizaba.
La habitación del sillón rosa era la que más luz dejaba deslumbrar, ambos perdidos en aquella nebulosa, en pensamientos dispares y tragos energizantes.
La comparación de egos se hizo latente, rasgando la burbuja que los dos habían formado, volviendo a la realidad.
Pues la noche comenzaba a dar su fruto y los caminos debían separarse.
Eran conscientes de lo peligroso que era el universo, las constelaciones y Mercurio retrógrada.
La Luna debía esconderse de la cerca de espinas, su corazón estaba expuesto y no debía arriesgarse a que el Sol lo quemase.
Mientras tanto el Sol, debía mantenerse en su posición, sin acercarse demasiado para no ser eclipsado por el amor de la Luna o la oscuridad en la Tierra reinaría hasta el fin de los tiempos.
A partir de aquella noche, un gran apagón solapó el pequeño pueblo. La caridad perdió su sonrisa, la decadencia llenó de opacidad a los gloriosos, la soledad inundó la casa, el dolor inundó a la rosa y la incertidumbre eclipsó al Sol y la Luna, que para cumplir su función, debieron separarse hasta el final de los tiempos.
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