LA MORADA DE LAS ARAÑAS

¿Sabes aquella casa en la que nada más traspasar una ventana o una puerta te comes trescientas telarañas?

Sin exagerar. Y lo más importante es que es buena señal: significa que hace mucho tiempo que nadie la transita y que, seguramente, esconda una valiosa historia en su interior.

Hay veces que vas de ruta y encuentras verdaderos tesoros en las ruinas. De hecho, es más común encontrarlos cuando no los buscas, como cuando pierdes algo, no consigues encontrarlo por más que lo busques y, de repente, aparece cuando estás pendiente de otras cosas.

Es el caso de esta humilde morada, con unas claras propietarias: las arañas. Fuimos un día al atardecer, con muy poca luz, y decidimos echarle un vistazo rápido para volver al día siguiente en mejores condiciones climatológicas. Llovía a cántaros, siendo pleno febrero.



La distribución de la casa era muy sencilla. Nada más entrar estaba el pasillo, donde una lámpara era el principal punto de unión de todas las telas que conectaban con cada una de las estancias inferiores.






A la derecha se encontraba la primera habitación, con una Singer que había pasado a otro mundo, tirada en el suelo. 





Después, la cocina, con un nido considerable y repleto de mudas de araña. Daba respeto hasta entrar; parecía que te iban a caer encima en cualquier momento.








A la izquierda había otra habitación, que superaba la decadencia de la anterior y, por último, estaba el salón, con un mueble de madera empapado por una gotera proveniente del techo. Además, el tiempo no nos dio tregua y empezó a llover nuevamente, haciendo que el silencio nos envolviera con el sonido de la lluvia y de la madera crujiendo. Un ambiente de película, muy inspirador.










Para subir al piso superior, nos vimos negros. No había escaleras; estaban todas podridas. Así que Virtu se envalentonó y consiguió subir mientras yo aguardaba abajo, rezando para que no se matase. Le llevó su tiempo, pues habia que medir cada paso a la perfección para no precipitarse en el hueco. No era tanta la altura, pero si las posibilidades de clavarte alguna madera u objeto afilado. 

Finalmente, logró subir con éxito y se encontró con un pasillo que conducía a un pequeño baño muy fotografiable y a un par de habitaciones que continuaban guardando la misma decadencia que el piso inferior, aunque esta vez con goteras sobre las propias camas.



















Allí, Virtu descubrió unos cuantos retratos familiares. Descubrimos que la casa había sido habitada por una familia con tres hijos. Incluso había dos fotografías en blanco y negro de los niños haciendo la comunión. Parecían tan antiguas y completamente llenas de polvo. Pero el cuadro más impactante era el del que seguramente fuese el padre de la casa, el caserón. Se trataba de un retrato pintado a color que superaba en tamaño a los anteriores.









Finalmente, Virtudes volvió a bajar hasta el piso inferior, fascinado por lo que acababa de contemplar e imaginando cuál habría sido el paradero de los últimos habitantes de la casa.

Es muy probable que ninguno de los herederos se hiciese cargo de la vivienda y que quedase en el olvido, esperando un futuro mejor.

Como siempre, hablamos desde la ignorancia, desde las vibraciones que nos transmite la casa. Ningún calendario, nos ofreció una aproximación de la fecha de abandono. 


En este reportaje, las fotos hacen más justicia que las palabras. Así que os dejo disfrutar del ambiente ruinoso y decrépito de esta pequeña vivienda. 

Ahora, cojamos el paraguas y regresemos al mundo real. 😪




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