EL PAZO DE LA PIANOLA
Nos transportamos a 1800, donde un escudo eclesiástico, nos abre sus puertas.
Este pazo soportó numerosos rifirrafes entre vecinos, desde cambios en las cerraduras, reformas perjudicando el patrimonio, incluso hasta el cierre de la iglesia para su uso privado.
Los vecinos manifestaban su descontento con el abandono del culto religioso, llegando incluso a denunciar al dueño por daños que alcanzaban los miles de euros,
Gracias a ello, consiguieron que la iglesia fuese renovada y continuase abriendo algunos domingos y en eventos especiales.
Su antiguo propietario, falleció en 2017, desde ese momento, se desconocen los propietarios actuales.
¿Cuál es su historia?
Nunca puede faltar una batalla entre bandos, por lo cual, sabemos que estuvo habitado hasta el año 2000, después, le perdemos la pista.
No encontré mucha información sobre el lugar, así que me limitaré a narraros nuestro día de exploración.
Nada más llegar al pazo, caminamos hasta el abandono con pies de sigilo, sin saber con qué íbamos a encontrarnos.
Después de estudiar una posible entrada escalando un muro de unos 3 metros, nos dimos cuenta de que las puertas de la terracita estaban completamente chapadas. Decidimos continuar por la finca, buscando otra entrada.
Al poco, escalamos otro murito y dimos con una puerta de madera entornada. Tenía el corazón a mil cuando probamos si abría y así fue.
Un par de pasos y me di cuenta que comunicaba con las cuadras. Se notaba que el lugar estaba sumido en un completo abandono.
Seguí caminando hasta llegar al patio interior, me asusté al ver una lona negra y material de pintura, brochas y algunas herramientas.
Analizamos rápidamente las herramientas comprobando que llevaban mucho tiempo allí. Nos animamos a subir las escaleras de madera y probar suerte.
Cada puerta que probábamos, estaba abierta. Eso sí, todas entreabiertas, ninguna de par en par.
Comenzamos con la primera estancia, contenía un dormitorio bastante amplio, junto a una pequeña salita con chimenea de leña, un diminuto aseo y una cocina muy luminosa acompañada de una despensa. En mi opinión, parecía el espacio de los sirvientes. Al ser gente adinerada, solían contar con servicio. También podría ser, el rincón de los muebles olvidados, porque no entendía cómo aquel trisillo esmeralda, permanecía oculto en una sala similar a una caja de zapatos.
El siguiente habitáculo, constaba de un comedor muy poblado, estaba repleto de objetos sobre una enorme mesa de roble. Me sorprendió la lámpara de araña que colgaba del techo y los múltiples detalles religiosos que abundaban por todo el espacio. Junto a la puerta, se apoyaban unos cuadros que parecían costar un riñón y una escalera antigua de madera.
Continuando por el pasillo, vimos la Gran Bestia y el domador 😂.
Un increíble trono que parecía tallado a mano. Las patas y apoyabrazos, eran leones. Una obra de arte en toda regla con un estilo gótico. Nos extrañó que estuviese ubicado en el espacio más lúgubre del pazo. No se le estaba dando la importancia que merecía.
Sigamos. Había un total de tres habitaciones y un baño compartido. Solo la última, tenía su propio WC y, además, estaba compuesto por dos literas. Tenía el suelo más inestable de todos, parecía que iba a hundirse en cualquier momento.
La habitación del medio era como un zapato donde cogen tres pies, como solía decir mi abuela. Aunque se las habían ingeniado para colocar su propio lavabo y un sillón de color chillón.
La última habitación, en mi opinión, era la más bonita. Puede ser porque entraba mucha luz, o porque la cuna del bebé me llenaba de ternura, no lo sé. Tenía un espejo sobre la cama. No me refiero en el techo, sino literalmente sobre las mantas.
En el lado izquierdo, se mantenía en pie, un tocador junto a una silla roja y un cuadro grande, que continuaba con la estética de las habitaciones anteriores. Los tonos rojos y amarillos daban vida al lugar, haciendo que nuestros visores no se despegaran de las paredes.
Finalizamos con la última parte, y en mi opinión, la más sorprendente del pazo.
Al continuar de frente, te encontrabas con una habitación con otras dos camas y algún objeto personal de los antiguos dueños como ropa, recetas, fotografías de la edad de Matusalén y un pequeño tocadiscos. No dejaba de pensar en la cantidad de allegados que formaban el legado familiar y como fue variando de descendientes.
La sala contigua a pesar de estar sumida en la penumbra, era con diferencia, la guinda del pastel. Mostraba la cultura y la sabiduría que reinaba por excelencia en el pazo.
Montones de libros sobre historia, patrimonio cultural, geografía, enciclopedias, obras de autores emblemáticos y un largo etcétera endulzaban el espacio y también, nuestras mentes. No pudimos reprimirnos a echamos un vistazo a algunas hojas.
Al fondo del habitáculo, se encontraba un pequeño escritorio de lectura y al otro extremo, una zona de lecer junto a la estufa, que calentaba las noches frías.
Las fotografías hablan más que el relato.
Antes de visitar el ala este del pazo, nos dimos cuenta que la mesa central que soportaba los lotes de libros, era en realidad un billar. Vimos el marcador de puntos apoyado entre periódicos.
El salón nos dejó sin palabras, después de la sala de los libros, el propio lugar volvió a abofetearnos con su belleza.
En el centro del habitáculo, se encontraba una mesa de madera rodeada de sillas que formaban un círculo imperfecto, justo encima, unas fotografías que podrían reflejar antiguos familiares del pazo. Todo parecía simular la última velada familiar. Los muebles parecían aguardar el ansiado regreso de los dueños.
Sobre las paredes, más retratos señoriales y justo en una esquina, como olvidado a su merced, descansaba la pianola.
Las partituras permanecían perfectamente colocadas a su lado, amarillentas por el paso del tiempo. Las teclas estaban cubiertas por un manto rojo protegiendo, con sumo cuidado, el instrumento.
Justo enfrente del mismo, descansaba una vitrina vacía con el cristal empañado y completamente desnuda. Como siempre, los espejos nos seguían acompañando durante toda la exploración. ¿Os atrevéis a contar todos los del reportaje?
Un reloj de pared, nos conducía a uno de los cuartos con más encanto del pazo. Una cama con dosel, propia de los nobles y señoriales y, cómo no, una lámpara de araña seguramente de hierro o bronce con los míticos brazos para portar velas.
No es la primera que encontramos en este blog, ¿recordáis La Ratonera?
Finalmente, la última habitación se despedía de nosotros. Siendo igual de imponente que la anterior, con su cabecero alto y decorado al detalle.
Al salir, el salón volvió a quedarse en silencio, aferrándose a la esperanza de volver a ser un hogar.
































































































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