A GUARIDA DOS PROMETIDOS


A veces, es extraño la entrada para acceder a una ubicación. Das vueltas a las posibilidades y, finalmente, la más disparatada es la que escoges.

En este caso, siendo el trío calavera de nuevo, tuvimos que cruzar una casa en obras para llegar al recinto que nos interesaba y ser cautelosos para que las casas de enfrente no captaran nuestra presencia.



Una vez junto a la fachada de la casa, contemplamos la puerta abierta de par en par, para nuestra sorpresa.




Y nada más entrar, una muñeca antigua sentada en una silla nos daba una cálida bienvenida. Solo pude pensar que seguramente, la pobre fue recorriendo toda la casa como modelo de muchos fotógrafos.






En la misma sala, nos encontramos un pequeño salón que conservaba pocos muebles en pie, incluso habían quitado las fundas a los sofás. En la mesa junto a la tele, había unos zapatitos que me dio la sensación de que pertenecían a la muñeca.





En la habitación contigua continuaba el desorden, pero también la naturaleza parecía apoderarse poco a poco del lugar. La antigua Singer se cubría poco a poco de las zarzas que entraban por la ventana. La casa iba cosiendo poco a poco su final.

Finalmente, en la pared contemplamos una foto del Papa Juan Pablo II, que databa de 1982.




Os muestro alguna instantánea de las siguientes estancias; entre el paso del tiempo y el vandalismo, poco quedaba en pie. Aunque la biblioteca de libros antiguos me parecía una auténtica reliquia. También vimos algún calendario más que databa de 1984 y 1962. Lo que despertó mi curiosidad fue que cada habitación era de un color diferente, formando un arcoiris de sensaciones. 







La cocina y el baño principal tenían el mismo estilo de azulejos, aunque de diferente color. Ambos permanecían bastante diáfanos. Además, había un pequeño lavabo antiguo junto a la entrada principal.








Continuamos con la habitación principal, formada por una cama de matrimonio y otra individual, lo que nos dio que pensar que dormían junto a uno de sus hijos más pequeños.

Sobre la cómoda contemplamos la única información de los dueños de la casa. Estaba repleta de fotos antiguas. Aparecía una pareja que, según el paso de los años, iba envejeciendo y aumentando poco a poco el número familiar, ya que se veían cada vez más niños en las fotos, en lo que parecía la entrada de la casa.





De todas las imágenes, hubo una que captó mi atención, tal vez por ser la única en color. Me transmitió tanto amor entre ellos que de aquí surgió el nombre del reportaje. Como siempre, hablo desde puras suposiciones.



Antes de subir las escaleras, vimos el despacho que, a pesar de estar muy revuelto y faltarle objetos, conservaba una bonita esencia junto al cuadro de la Mona Lisa presidiendo la sala. Aunque lo que más me fascinaba era la vidriera amarilla y verde que formaba la puerta en forma de arco.












Finalmente, subimos la escalera y vimos la última habitación, que tenía un toque enternecedor. El color azulado de la habitación junto a las mantas de colores, el ventilador y la tele antigua, los crucifijos a los laterales de la cama y el cuadro típico portugués del niño que llora formaban el aura perfecta. Creo que fue la habitación donde más tiempo estuve; aparte, era la única en la que entraba una luz armoniosa.








Bajamos las escaleras de nuevo con la intención de abandonar la guarida, y fue en ese momento cuando me percaté de la cristalera que dejaba entrar claridad al pasillo.





Dejamos los recuerdos descansar en paz y el silencio volvió a sumarse en un entorno donde antes los niños correteaban y el bullicio despertaba a todos los miembros de la casa.







Foto sacada por @_dsande_



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